RenaCIMIENTOS

"Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura, ché la diritta via era smarrita." Dante Alighieri la "Divina Commedia"

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domingo, mayo 21, 2006

Petrarca y los inicios del humanismo renacentista

Petrarca y los inicios del humanismo renacentista

La tradicion histórica ha otorgado a Petrarca un lugar fundamental en el humanismo renacentista. Habitualmente se le considera el primer gran humanista. Este tipo de calificativos suelen resultar muy motivantes para los lectores que se inician en el estudio de esta etapa central en la historia humana, pero, sin lugar a dudas, no tienen a su favor el hecho de contar con una precisión teórica confiable. Pues si uno escucha que determinado personaje es el padre, el fundador, el responsable total, etc., inmediatamente se siente atraído por sus obras. Pero resulta difícil creer que sea un solo individuo el que, ex nihilo, funde toda una corriente filosófica o cultural inédita y completamente innovadora.
Es mucho más sostenible la aseveración de que, en todo movimiento histórico de importancia trascendental, existen una pluralidad de individuos que influyéndose los unos a los otros, y estando en constante diálogo, logran la transformación de los criterios filosóficos o culturales de su época y, aún más, proyectan los resultados hacia el futuro. Nadie negaría un papel principal para Petrarca en el humanismo renacentista, pero de eso a considerarlo el primer gran humanista hay mucha distancia. Varios argumentos pueden ofrecerse para sostener la anterior afirmación. Si el desarrollo del humanismo renacentista italiano se prolongó durante poco menos de tres siglos, más o menos desde principios del siglo XIV hasta mediados del siglo XVI, es imposible sostener que su contenido haya estado agotado desde un principio, como si hubiera sido igual hasta el final, sin variación.
Por otro lado, el humanismo renacentista es una etapa histórica compleja en extremo, con muchas variantes al interior, donde los autores, los humanistas propiamente, muchas veces se contradicen entre sí respecto a, por ejemplo, la valoración que ha de recibir la tradición escolástica dentro del nuevo camino del pensamiento u otros temas por el estilo. Si Petrarca es el primer gran humanista entonces el desarrollo ulterior del renacimiento no sirvió de mucho pues no logró rebasar los paradigmas establecidos por él. Sería mucho más correcto aseverar que Petrarca es uno de los iniciadores del humanismo renacentista, uno de los que establecieron los lineamientos generales de esta nueva propuesta cultural, de esta novedosa elaboración, pero que, por este mismo hecho, es decir, por ser uno de los primeros en el ejército de las nuevas ideas, no pudo haber llegado al agotamiento teórico ni práctico de éstas. Pensar lo contrario sería tanto como afirmar que Clemente de Alejandría (o Jerónimo, o cualquiera de los padres de la iglesia) es el primer gran filósofo cristiano, únicamente por haber precedido a Agustín de Hipona. Pero esto no es así. Los padres de la iglesia tienen su importancia por haber iniciado la filosofía cristiana, por haber establecido los lineamientos globales que debería seguir esta disciplina, pero sus propuestas concretas eran incipientes, inmaduras, necesitadas de un desarrollo ulterior.
Lo mismo acontece con Petrarca. Su mayor mérito, este sí innegable, consiste en haber logrado los primeros pasos firmes del renacimiento humanista italiano, las primeras preguntas, inquietudes, en haber planteado los primeros problemas a enfrentar, y, además, sobre todo, en proponer métodos de solución para estas nuevas problemáticas. Esta interpretación del papel de Petrarca no le resta en manera alguna importancia dentro de la historia del pensamiento, al contrario, lo ubica como un eslabón imprescindible en la realización efectiva del humanismo renacentista italiano, lo coloca en un lugar más adecuado dentro de su realidad temporal, como un emprendedor más que como un consumador. Esta interpretación, incluso, le asigna mayor trascendencia, pues, quizás, en última instancia, es más difícil innovar que llevar las innovaciones hasta sus últimas consecuencias. Resulta mucho más dificil, probablemente, imaginar e inventar el motor simple, cuando nunca antes habían existido cosas de esa naturaleza, que desarrollar el motor, una vez ya existiendo éste, hasta conseguir uno especial para aeronaves.
Además, la historia que se pretenda rigurosa debe comenzar a derribar todas las construcciones ideológicas que no tengan sustento real en los hechos efectivos. Cuando se atribuyen a un solo hombre sucesos impresionantes, acabados en sí mismos, debemos dudar de esta atribución. La historia es siempre comunitaria, intersubjetiva, dialógica y, en definitiva, en el momento en que se afirme que un solo hombre transformó cabalmente la historia debemos tener fundadas dudas de que solamente se trata de una argucia ideológica para lograr la persuasión en determinado sentido. Es un grave vicio de la ciencia histórica el crear gigantes o genios que conduzcan el destino de la humanidad, empujando el progreso por sí solos. En este caso, se ha estimado a Petrarca como uno de esos gigantes o genios, que aparentemente de la nada proponen flamantes criterios culturales, y además los llevan hasta sus últimas consecuencias.
Pero esta concepción dista mucho de la realidad, pues Petrarca es más bien un gran innovador, un iniciador, un proponedor de nuevos caminos, de nuevas rutas. Y así lo muestran claramente sus escritos. No como un humanista acabado, sino como un soberbio emprendedor del humanismo. En la carta donde relata su ascenso al Monte Ventoso se encuentran elementos contundentes para corroborar lo dicho hasta aquí.
En esta carta Petrarca describe la experiencia magnífica que tuvo cuando ascendió junto con su hermano y dos sirvientes al famoso monte, el más elevado de la región. Cuenta bellamente, siempre con referencias a expresiones o pasajes de autores clásicos como Tito Livio u Ovidio, las dificultades y peripecias que le presentó la hazaña. La ilusión, el ánimo, el sobrecogimiento, la repentina duda acerca de la obtención de la meta.
Todo de una manera original e insólita para la literatura medieval, con un vuelco decisivo hacia la subjetividad, un clavado introspectivo, una revaloración del alma como prístino reflejo de la interioridad del sujeto. Narra Petrarca que cuando iban a iniciar su ascenso encontraron a un viejísimo pastor que les exhortó a que no intentaran la subida, sugiriendo que muy probablemente fracasarían, pues él alguna vez, hacía muchos años, durante su juventud lo había pretendido, y finalmente había fracasado. El hermano de Petrarca eligió el ascenso directo, sin atajos, trepando hábilmente piedra tras piedra sin importar el grado de dificultad que éstas le opusiesen, incontenible en su camino a la cima. En cambio, Petrarca flaqueó y escogió un angosto sendero de muy fácil acceso, pero cuya comodidad reflejaba el poco avance hacia la meta que permitía. De tal manera que, en cierto punto, Petrarca observó a su hermano y se asustó de la altura que ya había alcanzado, mientras él, por haber elegido un camino poco exigente, se encontraba casi a la misma altura que al comienzo del ascenso.
Petrarca trasladará al campo de la moral esta singular experiencia. Escribirá que para llegar a la sabiduría y perfección espiritual es indispensable trabajar arduamente en ello, cultivando el espíritu, alimentando el alma día a día, y no intentando encontrar el camino más corto y menos fatigoso, burlando al destino. Rehecho de energías después de esta breve pero honda cavilación redoblará su empeño y finalmente dará alcance a sus compañeros de travesía. Habiendo logrado por fin la meta, la cima, Petrarca se queda en un estado de patético pasmo ante la hermosa e increíble experiencia de contemplar al mundo circunvecino desde esas alturas. Mira la parte regional de Italia, incluyendo el pequeño pueblo desde donde comenzó su anhelado ascenso. Distingue límpidamente los Alpes, posee un enfoque traslúcido de toda el área a su alrededor. Busca localizar los Pirineos, sin embargo no consigue vislumbrarlos. Recuerda que la imposibilidad no se deriva de un mal estado del clima, simplemente la potencia de la visión humana no da para ello. Lo lamenta pero no importa, la experiencia de sentir la naturaleza tan íntimamente es incomparable, intransmisible.
Petrarca llevaba consigo, como equipo adicional de viaje, un ejemplar de las Confesiones de Agustín de Hipona que le había obsequiado el destinatario de la carta en la cual relata el ascenso, Dionisio da Borgo San Sepolcro. Y, una vez superado el trance de la primera impresión del avistamiento de su deslumbrante entorno, decide abrir al azar la obra de Agustín para dar lectura al primer pasaje en donde se pongan sus dedos así, sin pensarlo, que sea la voluntad de dios la que lo indique. El parágrafo en cuestión expresará que desdichados los hombres que se asombran de las cosas extraordinarias de la naturaleza, de la altura de los montes, del movimiento de las estrellas, de las poderosas olas del mar, del contorno infinito del océano, del amplísimo caudal de los ríos, pero nunca se les ocurre volverse hacia sí mismos, nunca se maravillan del hombre. Asevera Petrarca textualmente: “Estaba enfadado conmigo mismo porque todavía admiraba cosas terrenales, yo que debía haber aprendido desde hace mucho de los filósofos paganos que nada es admirable sino el alma; junto a ella, cuando es grande, nada es grande”.
Petrarca piensa inmediatamente que no puede tratarse de una mera casualidad la identidad entre el pasaje aludido y su recién vívida experiencia. Indudablemente se trata de un mensaje divino, ad hoc, dirigido con toda prudencia para hacerle notoria la aflijidora falta de interés del hombre por sí mismo. Afanado en las cosas corporales y todo lo que éstas proporcionan, el hombre se distancia grandemente de lo más maravilloso del ser, a saber, el alma, el aspecto espiritual. Buscando riquezas, poder, fama, diversión el hombre desprecia irreflexivamente lo más valioso con que cuenta. La exterioridad le domina e ignora la interioridad, el alma. Así deja transcurrir su existencia vacuamente, sin dirección, ciegamente. Y la vida no perdona, el tiempo corre inaplazablemente, en ocasiones, la mayoría por desgracia, el descubrimiento de la propia interioridad y su posible enriquecimiento llega demasiado tarde, y no hay manera de ir contracorriente, de dar marcha atrás. Concluye así la carta, haciendo Petrarca énfasis al destinatario de que ahora es testigo literal de estas sincréticas y bipolares experiencias.
En esta carta encontramos lás más importantes aportaciones de Petrarca. En ella vierte todo su talento y empeño emprendedor para comenzar una reforma de la cultura en general y la filosofía en particular. Pero como se puede advertir, encontramos aún una gran presencia de elementos medievales. No existe una cristalina distinción entre los aspectos eminentemente medievales y los innovadoramente renacentistas, humanistas. Por eso se afirma con justicia que más que un autor definitivamente renacentista Petrarca es un pensador de transición.
Kristeller comenta respecto a él: “Petrarca, el gran poeta, escritor y sabio, es pues una figura ambigua y de transición cuando se le juzga por su papel en la historia del pensamiento filosófico. Su pensamiento es aspiraciones más que ideas desarrolladas, pero estas aspiraciones fueron desarrolladas por pensadores posteriores y con el tiempo transformadas en ideas más elaboradas. Su programa intelectual puede resumirse en la fórmula que usa alguna vez en el tratado ´De su ignorancia`: sabiduría platónica, dogma cristiano, elocuencia ciceroniana…Como muchos profetas filósofos (y políticos) fue uno de aquellos que previeron el futuro porque ayudaron a hacerlo”. (Ocho filósofos del renacimiento, FCE, p.33, 34).
En concordancia con la anterior cita, en la carta Petrarca introduce en la historia del pensamiento la necesidad de volver al hombre, de revalorar la magnificencia del ser humano, sí, pero siempre bajo los principios del cristianismo, siempre con el temor de dios, quien es tan poderoso y reverenciable que incluso en la misma cima del monte Ventoso hace sentir su vigoroso alcance y, a través del texto de Agustín de Hipona, da una lección (imperativa) sobre cómo deben desarrollarse las cosas en la tierra, predominando el espíritu sobre lo corporal. Petrarca da un salto hacia la interioridad del hombre pero nunca se logra desvincular de las premisas cristianas. Por el contrario, el clavado al interior del hombre es posible gracias a un mensaje divino, pues, como él mismo lo sostiene, el hombre se sorprende y maravilla de su entorno y se olvida de sí mismo. Se asombra de lo ajeno e ignora que dentro de sí está lo más bello. Entonces la fe cristiana subsana esta deficiencia humana y llama la atención para que la mirada se dirija al lugar correcto.
Otros elementos expresados en la carta resultan de vital importancia para la eventual consolidación de la subjetividad como fundamento de la filosofía. Petrarca hace continuadamente énfasis en el individuo al narrar que la motivación del ascenso era simplemente por el hecho mismo de tener la experiencia de contemplar la región desde esa altura. Asimismo señala la dificultad que enfrentó al elegir al compañero ideal para la tarea apuntada, unos eran muy precipitados, otros muy parsimoniosos. Y también destaca el ininterrumpido diálogo consigo mismo a lo largo de todo el ascenso. La soledad tan propia del individuo, el silencio, incluso la nostalgia de los años irreversiblemente transcurridos.
Finalmente, también es típicamente renacentista la recurrencia a los autores clásicos. En la carta hay múltiples referencias a muchos de ellos. Sin embargo, al igual que en lo que se comentó respecto a la vuelta a la interioridad del hombre, la predominancia la tienen los autores cristianos, sin duda Agustín de Hipona tiene el mayor peso en lo que se refiere al desarrollo y finalidades de la carta.

ROGELIO SILVA MENDOZA

5 Comments:

Blogger aimagendedios said...

EN EFECTO, NO HAY "PADRES" DE DETERMINADOS MOVIMIENTOS HISTÓRICOS, A LO MUCHO SERAN PARTICIPES O INCLUSIVE ACTORES DE LA HISTORIA (POR NO DECIR MEROS CONCURRENTES), PUES EN ELLA SE DESCRIBEN PROCESOS QUE INCLUSIVE CARECEN DE AUTOR DETERMINADO, ASÍ COMO DE CONCECUENCIAS INMEDIATAS Y EFECTIVAS DE LA MISMA. DE MODO QUE ACHACARLE LE MOTIVO ÍNTEGRO Y DESISIVO A UNA SOLA FIGURA, EA DAR LA VUELTA A SUN SIN FIN DE FUERZAS QUE JUEGAN SU PAPEL DE DENTRO DE LA HISTORA.
AHORA HABLANDO DEL "HUMANISMO" (A RESERVAS DE TODO LO QUE CONLLEVA DICHO TERMINO)SI HEMOS DE BUSCAR ANTECEDENTES, NO SIEMPRE LOS HAYAREMOS EN EPOCAS INMEDIATAMENTE ANTERIORES, SINO POR EL CONTRARIO, QUIZÁ SE ENCUENTREN EN RETROSPECTIVAMENTE DISTANTES. TAL ES EL CASO DEL HUMANISMO, SI POR ESTE ENTENDEMOS LA PREOCUPACIÓN POR LOS TEMAS ENTRONO AL HOMBRE, NO PODEMOS HACER CASO OMISO DE AL MENOS DOS MOMENTOS MUY PREVIOS DODNDE YA SE ABORDAN TEMAS ACERCA DEL HOMBRE, TENEMOS POR EJEMPLO EL FRAGMENTO 119 DE HERÁCLITO QUE CONTIENE SOLO TRES PALABRAS,QUE DICEN "ETHOS ANTHROPOS DAIMON", EL CARACTER DEL HOMBRE ES SU DESTINO O AL REVES EL DESTINO DEL HOMBRE ES SU CARACTER.
DEL MISMO MODO NO PODEMOS DAR LA ESPALDA A PLATÓN,SOBRE TODO EN LOS PRIMEROS DIÁLOGOS LLAMADOS "SOCRÁTICOS", DONDE SE ABORDAN TEMAS PROPIAMENTE ETICOS, Y POR ENDE HUMANOS EN EL MÁS APLIO SENTIDO DE ESTA PALABRA (Y SUPONGO QÚE MUCHO ANTES SE HA HABLADO DEL HOMBRE POR OTRAS CULTURAS, PERO CONFIESO ANTE TODO MI IGNORANCIA EN TORNO A ELLO DANDO LOS DATOS QUE TENGO A LA MANO)

9:44 a.m.  
Blogger aimagendedios said...

Estoy de acuerdo, compa. Sería muy interesante estudiar y ahondar en el tema del liderazgo, el cual considero muy importante para todo movimiento social o cultural. Pero una cosa es el liderazgo y otra el mesianismo o la idolatría. En verdad ¡cada guey que se autonombra o es designado fundador de algún movimiento cultural!

Me gusta más la respuesta de Hegel en su Estética ante la pregunta de quién es el artista. LAS CONFIGURACIONES HISTÓRICAS, no los individuos.

ROGELIO SILVA MENDOZA

11:11 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

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1:33 a.m.  
Anonymous Anónimo said...

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8:06 p.m.  
Anonymous Anónimo said...

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10:53 a.m.  

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